martes, 5 de abril de 2016

UN VIAJE

Se que seguramente nadie lea esto, pero en fin, sirvió para ordenar y desordenar un poco el cerebro.
Si bien hace mil años que no entro, creo que después de un viaje a UK y con el estado mental que eso generó amerita volver por estos pagos.


Yo no sé si esto que voy a escribir le pasa a ninguna, a algunas o a todas las personas que alguna vez viajaron solas. Y cuando digo viajar solas, no me refiero a un viajecito a Punta Espinillo en un Copsa. No por desmerecer a Copsa o a Punta Espinillo aunque capaz que el primero se lo merece. Me refiero a viajar a una distancia que es difícil de palpar, una distancia que es más que kilómetros, que millas, que tormentas, que litros de agua de por medio. Es un desprendimiento pasajero de todo aquello que creíamos nuestra casa o que al menos aunque no siempre lo sintiéramos como un hogar, hacía las veces de. Siempre imaginé qué mi hogar era capaz de construirse y destruirse fácilmente, reinventarse, de hecho así creí que había sucedió varias veces en mi vida, pero al estar tan lejos con una visión en perspectiva plagada de soledad, uno se da cuenta que los cimientos están atrincherados, sumergidos en las profundidades de algo que no se alcanza a ver, sosteniendo paredes que han soportado los embates de la adversidad y que acusan cruelmente el paso del tiempo. Pero aunque la distancia se sienta un abismo, es tan retorcida y simple que se transforma en una lupa aterradora capaz de magnificar los detalles, las imperfecciones, las causas, las consecuencias, los incendios, las grietas, las cenizas, el jardín descuidado y el techo…el techo es algo que nunca logré construir, no porque tenga un problema personal con los techos sino porque considero que con el cielo me alcanza. Y ya que hablamos de cielo, cuando estás lejos y mirás para arriba como buscando algo familiar, el sol no es ni la sombra de ese sol que te alumbraba y tiene horarios incompatibles con tu cerebro, las estrellas que antes veías son otras y la luna está al revés. Entonces durante los primeros días tu mente trata de procesar los cambios, analizar los riesgos, cumplir con los plazos y pensar en qué otros lindos lugares (que te puedan apartar de la lupa) se podrían conocer. En esa avalancha de cosas, que se convierten de pronto en el escape ideal, un detalle hace que te tape la nieve, más distancias. Y es que nunca pensé que vivir en un país chiquito tuviera tanto beneficio para la salud mental de las personas. Porque en la búsqueda de esos lugares, los medios de transporte se vuelven el lugar perfecto para incurrir en un sumidero de pensamientos que solo te llevan a mirar por la lupa. Y entonces el viaje se vuelve un compendio de intervalos recortados de tu propia vida en tercera persona, intercalados con lugares que nunca viste, con paisajes que te dejan la mente en blanco por un rato y te hacen sentir pequeño, vulnerable, humano. Y es ahí, en ese punto en el que el hogar a distancia que se sentía vacío se vuelve más cálido, se llena de todo eso que alguna vez nos hizo sentir felices. Entonces uno empieza a ver que las grietas tienen historias, que las historias nos enseñaron algo, que los incendios consumen no solo algunas cosas buenas sino también otras que no necesitamos y que las cenizas se vuelan con vientos que si bien no se sabe de dónde vienen, llegan y se van, para limpiar y llenarnos de espacio nuevo. La realidad resultante es que después de todo este periplo que se vuelve interminable uno queda averiado, desorientado, como si le hubieran reinstalado el sistema operativo y algunos drivers no fueran compatibles. Entonces al volver, lo que era el hogar es otra cosa, es algo que se parece a lo que solía ser y cuando hablo de parecer hay que tener en cuenta que los ojos del que lo mira ya no son ni serán los mismos.